El Reflejo Inesperado

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Aquí estoy, flotando. Como una mancha de color en la piel áspera de la ciudad, un pellizco de naranja cálido y azul intenso que alguien le robó al tiempo. Mis escamas, pequeños lienzos donde un soñador debió volcar atardeceres y pedacitos de mar, vibran con un eco de vida que, te juro, yo creía que era solo para mi. Soy ese pez dorado de los cuentos, ¿sabes? La promesa de un deseo, la alegría de un segundo para quien se para a mirarme. Mi mundo es este muro, esta pared que me agarra a lo real, a veces bañado por la luz lejana de una farola, a veces por el roce fugaz del sol de la mañana. Creía que me conocía cada grieta de mi pequeño universo, cada tono de mi piel pintada.

Hasta que te vi. O bueno, hasta que algo dentro de mí sintió en ti una conexión extraña, como si fueras un eco de mi propia forma, pero sin tanto adorno. Ahí estás, justo al otro lado de una frontera que no se ve, una línea que es como un precipicio y un espejo a la vez. Tú, mi hermano de pincelada, mi reverso en blanco y negro. Eres la elegancia pura del blanco sobre el negro profundo de esa persiana metálica; un esqueleto de luz, casi una radiografía de mi alma, esa que yo visto con toda esta fiesta de color. ¿Serás tú la verdad pura que mi plumaje alegre intenta tapar, o quizás, resaltar? ¿O soy yo la fantasía que necesitas para que tu silueta cobre sentido?

Nos miramos, quietos, en este rincón de la ciudad que es escenario y confesionario al mismo tiempo. Por un momento sentí vértigo, un miedo antiguo a desvanecerme. ¿Y si mis colores no fueran más que un truco, una distracción ante la fuerza de tu pura esencia? ¿Y si mi razón de ser fuera tan frágil como la pintura bajo una lluvia fuerte? Ese miedo a que, al final de todo, solo quede el contorno, la silueta pelada de lo que alguna vez fue pasión y pintura.

Pero después, me invade una calma rara, una aceptación que se cuela como agua fresca. ¿Acaso no somos los dos la prueba de una misma búsqueda, de una misma necesidad de contar algo? El artista que nos dibujó, ¿no querría precisamente mostrar lo complicado que es ser, ese baile sin fin entre lo que se ve y lo que se es, entre la emoción que se desborda y la estructura que la sujeta? Quizás mi historia no es solo existir, sino existir mirándote. Ser el color que habla con tu falta de él, la piel que busca el hueso.

La fotografía, ese arte de parar el tiempo, de atrapar el alma de las cosas… ¿No es, al final, una forma de pintar con luz y sombra, de mostrar las mil caras de lo que es real? Quien nos enfoca, quien nos convierte en una historia para los ojos, también se enfrenta a su propio reflejo, a sus propias dudas. Busca, quizás, entender a través de nuestros silencios de colores el porqué de su propia mirada, la raíz de su pasión.

En este encuentro sin movernos, descubro que ser auténtico no es elegir un solo color, sino ser capaz de abrazarlos todos, incluso los que parecen contradecirse. No somos contrarios, sino las dos caras de una misma moneda, una moneda que es la vida misma, la prueba de que la vida se cuenta en muchos idiomas. Mi yo de colores brillantes y tu tú de líneas claras somos, juntos, un testimonio más completo de lo bonito y lo frágil que es estar aquí, ser sentido y, por un instante, entendido. Quizás, el verdadero viaje no es ir hacia una felicidad de postal, sino tener el valor de explorar cada rincón de nuestro propio lienzo interior, por más oscuros o desconocidos que nos parezcan algunos de sus tonos. Y en esa aventura, en ese atreverse a ser con todo lo que llevamos dentro, está la verdadera obra de arte.

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